La Trinidad en la Biblia
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La experiencia Trinitaria, en lo que a nosotros respecta, no es algo totalmente subjetivo de cada uno, ni algo que surja —como por generación espontánea— al arbitrio de cada cual. Toda experiencia trinitaria —que es, al mismo tiempo, conocimiento de la Trinidad— tiene su origen en la Trinidad misma, que la hace posible1.
Además, nuestra experiencia de la Trinidad no parte, usualmente, de una tabula rasa, sino que se entronca y entrelaza con la experiencia de tantos hombres y mujeres que han venido primero. Así, para situar correctamente esta experiencia trinitaria —la nuestra y la de tantos otros— conviene remontarse al punto de partida, al comienzo del cristianismo. Desde el comienzo, los cristianos supusieron un punto de ruptura con los judíos y los griegos que les rodeaban. Jesús testimonia a Yhwh, al Dios del Antiguo Testamento; pero, testimoniándolo, Jesús nos descubre algo más, un cambio en la forma de relacionarse con Yhwh, y una nueva comprensión de Dios.
Este capítulo tiene una intención doble. Por un lado, intentaremos encontrar, en los escritos neotestamentarios, las primeras muestras de la experiencia y la acción trinitaria. Por otro, intentaremos presentar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo a través de esas experiencias y acciones.
Yhwh, el Padre
No vamos aquí a hacer un estudio de la Trinidad en el Antiguo Testamento, pero sí que es importante señalar los puntos de continuidad entre la fe de los primeros cristianos y la fe judía, en concreto, en lo que se refiere a Yhwh como Padre.
Huelga decir que los Evangelios asumen y reconocen la existencia del Dios uno, del Dios del Antiguo Testamento, de Yhwh. El término Dios-uno (εἷς ὁ θεός) del Antiguo Testamento (Dt 6, 4) sigue apareciendo en los evangelios (Mc 2, 7). Al Dios-uno se le atribuye la bondad, por ejemplo (Mc 10, 18; Lc 18, 19), y Jesús mismo se refiere a él al recordar el mandamiento fundamental (Mc 12, 29). Este Dios-uno «que será» (Ex 3, 6; 13-14), el Dios que se revela en la historia, el del Antiguo Testamento, sigue siendo el mismo que se presenta en el Nuevo Testamento. [Oxford 56]
Pero este Dios-uno, especialmente a partir de la literatura sapiencial, lleva asociada una imagen concreta, la del «Padre». La palabra abbá (אָב), tan común en Jesús, ya aparece en diferentes momentos de la historia de la salvación del pueblo judío. De hecho, el ser padre es fundamental en la revelación de Yhwh en el Antiguo Testamento. [En lo que sigue, Kasper, 236s]
Israel se ve a sí mismo como hijo de Yhwh; pues él ha sido quien le ha llamado, quien le ha elegido para ser su pueblo (Ex 4, 22; Os 11, 1; Jr 31,9). En los momentos de mayor crisis, cuando la relación de Yhwh con su pueblo parece perderse, los profetas presentan algo completamente novedoso: el «indulgente y misericordioso amor paternal de Dios» (Os 11, 9; Is 63, 16; Jr 31, 20) [Kasper, 237]. Las apariciones de esta nueva comprensión se multiplican: se le llama Padre (Is 63, 15 s; 64, 7 s); Padre de los huérfanos (Sal 68, 6); que nunca deja de acoger, más aún que un padre o una madre terrenal (Sal 27, 10); que se enternece con sus fieles, como un padre se enternece con sus hijos (Sal 103, 13).
Esta experiencia de Yhwh, esta adopción filial, propia del pueblo de Israel, que Pablo mismo reconoce (Rom 9, 4), será continuada en el Nuevo Testamento con la experiencia vital de Jesús.
Abbá, el Padre de Jesús
A pesar de la continuidad del Nuevo Testamento con el Antiguo, en lo que al Padre se refiere, en Jesús aparece una discontinuidad fundamental; a saber, ahora Yhwh no es solo padre de Israel, sino que es, de manera singular, padre de Jesús. A tal punto Jesús trata a Yhwh como «padre» que este término pasa a ser el término fundamental para referirse a Yhwh. De hecho, en los Evangelios, el término aparece 170 veces en boca de Jesús, referido directamente a Dios. [Kasper, 238]
¿Quién es este Padre, entonces? Podemos verlo desde dos puntos de vista diferentes, aunque complementarios. El primero, es lo que Jesús nos cuenta de este Padre. El segundo, es lo que Jesús mismo nos revela del Padre por lo que él (Jesús) es. // Revisar
Como el mismo Jesús dice, nadie conoce al Padre, ni puede conocerlo, si el Hijo no se lo revela (Mt 11, 27 b). Esta revelación del Padre se da, primero, con las palabras de Jesús. Él muestra, en la vida cotidiana, cómo actúa el Padre y, por tanto, quién es. En el Sermón de la Montaña encontramos la mejor muestra de esto. El Padre controla el sol y la lluvia y los da a buenos y malos (Mt 5, 45); él cuida de los pájaros, los alimenta (Mt 6, 26); atiende el campo con cuidado, y más todavía a las personas (Mt 6, 30); las perdona (Mt 6, 14) y les da su recompensa (Mt 6, 4); y, a quien se lo pide, le da cosas buenas (Mt 7, 11). Lo mismo podemos ver en algunas de las parábolas de Jesús y, entre ellas, destaca la del «Padre misericordioso» (Lc 15, 11-32). En Jesús, por tanto, encontramos a un Padre que es, en esencia, generoso y misericordioso. [Oxford, 64]
Jesús, Hijo del Padre
Pero Jesús hace algo más que revelarnos al Padre con sus palabras. Él puede contarnos como es el Padre precisamente por la singular relación que tiene con él, con su Padre (Jn 20, 17). Todo lo que hace Jesús, lo relaciona con el Padre. Se presenta como enviado por Él (Mc 9, 37; 12, 6) y reconoce que todo se lo ha entregado Él (Mt 11, 27). Jesús viene a hacer la voluntad de su Padre (Jn 6, 38) y le representa (Jn 13, 20).
Ahora, Jesús no es solo un enviado del Padre. Él aparece —y se le reconoce— con la misma autoridad que el Padre: Jesús enseña con autoridad (Mc 1, 22; Mt 7, 29) y tiene autoridad ante la ley (Mt 5–7). Él es el Señor del Sabbath (Mc 2, 23-28), pide que se crea en su poder (Mc 9, 23-24; Mt 9, 28; Lc 8, 50) e incluso explica que la salvación depende de que la gente le siga (Mc 8, 38; Mt 10, 32-33; Lc 9, 26; Lc 12, 8-9). [Emery, 24] Más aún, Jesús se atribuye dos prerrogativas propias de Yhwh; a saber, la elección (Mt 11,27; Lc 10, 22) y el perdón de los pecados (Mc 2,1-10; Lc 7, 49). El pueblo, aun sabiendo que Jesús es un hombre (Mt 1, 1; Mt 4, 2; Lc 4, 2), también reconoce en distintos momentos su divinidad; especialmente, cuando actúa con la autoridad de su Padre. Esto podemos verlo, por ejemplo en las curaciones del leproso (Mc 1, 40) y de la hija de Jairo (Mc 5, 22); aunque la mejor muestra del reconocimiento de la divinidad de Jesús se da, evidentemente, tras la resurrección (Mt 28, 17; Lc 24, 52-53).
Podríamos decir, por tanto, que, con Jesús, la divinidad no se agota en Yhwh, sino que se extiende a Jesús. [Oxford, 58] Muestra de ello lo tenemos, por ejemplo, en las diversas sustituciones del nombre de Yhwh por el de Jesús (Mt 7, 22; 18, 20; Jn 20, 28; Hb 1,8).
Para cerrar esta sección, no podemos olvidar las aportaciones de la tradición joánica, que llevan esta singular relación de Jesús con su Padre un paso más allá. Allí Jesús se presenta como imagen del Padre: quien le ve a él, ve al Padre (Jn 14, 9). No son solo sus palabras, o sus acciones; ni siquiera el poder del Padre o la realización de su voluntad. La unión entre ambos llega al punto de que Jesús puede decir que el Padre está en él y él en el Padre (Jn 10, 38). Juntos forman una comunión de acción, conocimiento (Mt 11,27) y amor (Mc 1, 11; Jn 5, 20; Mc 9, 7; Mt 17,5). [Emery 29-31] En definitiva, el Padre y él son uno (Jn 10, 30).
El Espíritu Santo, enviado de los dos
Hemos visto la relación entre el Padre Dios y su Hijo, Jesucristo. Falta ver cuál es la experiencia del Nuevo Testamento de aquel que quedó con nosotros cuando Jesús ascendió a su Padre (Jn 16,7): el Espíritu Santo.
Este aparece actuante a lo largo de todo el Nuevo Testamento: a Jesús, el Espíritu le arrastra al desierto (Mc 1, 12), le conduce en su camino (Lc 4, 18; 10, 21) y le mueve a proclamar la justicia a las naciones (Mt 12, 18) y expulsar demonios (Mt 12, 28). A los discípulos, el Espíritu les pone a prueba (Hch 5, 3; 5, 9); les avisa (Hch 20, 23) y urge (Hch 21, 4). En una ocasión, impide que Pablo viaje (Hch 16, 6-7) y, en otra, envía a Pablo y Bernabé (Hch 13, 4). Aparece también como alguien con capacidad de hablar (Hch 8, 29; 11, 12; 13, 2; 21, 11; 28, 25) y, en resumen, es él quien lleva el Evangelio hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8). [Oxford, 66]
Este Espíritu, que el Padre había prometido y que Jesús nos envió (Hch 2, 33), además de mover a Jesús y a los discípulos, tiene tres actuaciones concretas, menos visibles, pero fundamentales para comprender su lugar junto al Padre y al Hijo: la concepción de Jesús (Mt 1, 20; Lc 1, 35), el bautismo (Mc 1, 10; Mt 3, 16; Lc 3, 22; Jn 1, 32) y su resurrección (Rom 1, 4; 8, 11; 2 Tim 3,16). [Oxford 64-65]
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Como hemos visto en la Introducción. ↩